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Un día, no hace mucho tiempo, comenzó a llover y, aunque me gusta enormemente la lluvia, aquella vez ella consiguió ahogarme y penetrar en mí para nunca más salir. Y las lágrimas que se parecen a la lluvia son mi tormenta en un mundo que necesita huir. Podré recoger cada una de mis lágrimas y esconderlas. Quizás bajo la cama no se vean, o quizás sea la hora de mostrarlas, porque creo que nadie sabe realmente del hueco que existe en mí. El huevo es ignorado algunas veces y otras es menospreciado. Subestimado.
Habrá que crecer o morir en el intento, o tal vez, en algún rincón del mundo exista alguien a quien le guste jugar con niños, alguien que, sin palabras, pueda encontrarme y ocultarme por un rato del frío que se siente cuando se desagota el alma.
Podré olvidar y seguir, aunque ya no haya lugar debajo de la cama, aunque nadie podrá borrar el surco de cada lágrima en mi cara, en mi alma.
No volveré a pedir respuestas, ni a jugar con el azar, ni a tratar de entender por qué, cómo y hasta cuándo brillarán tus ojos, no volveré a sonreír un segundo antes de comenzar a volar, ni volveré a creer que el cielo puede cuidarme y envolverme, ni que en alguna otra vida tu amor perdurará, no volveré a creer en volver a creerte y quizás la soledad sea hoy una buena compañía, que nunca es llamada, que nunca es comprendida. Y quizás debería tirar la llave del cuarto blanco que no tiene salida, que ya no me deja respirar. Quizás debería resignarme a verte de lejos, a encontrarte sólo en mi recuerdo y soñarte feliz, y no dejarte pasar mas allá de la desilusión, más allá de las lágrimas, mas allá del dolor.
Pero... ¿cuánto valen tus colores? yo necesito uno, sólo uno, que sea distinto al gris y una flor distinta a las negras, porque aun quiero colores, aunque no sepa para qué.
No logro comprender porque quiero alejarte, por qué quiero quererte, por qué quiero odiarte. No logro comprender hacia donde quiero huir. El lugar, la sensación, el momento, el color y la ilusión que debo sentir. No logro comprender ni justificar mis heridas, mi respiración, mi camino. Cuando la tormenta llega a su límite, sólo se puede cerrar los ojos y seguir caminando, esperando que el cielo se aclare o que el final llegue. Después de todo, el final sólo es un nuevo comienzo, un nuevo principio... pero como duele llegar hasta él.
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